Untitled
Autor To Be Confirmed Atriaes Limba Spaniolă Paperback – 25 oct 2046
Agosto de 1955: Darcy O'Sullivan, una joven huérfana y profesora de Literatura que vive en Boston, recibe una carta en la que se le comunica que su padre biológico ha fallecido y se sorprende al ver que la ha incluido en el testamento. Sin embargo, hay una condición para que reciba la herencia: ha de viajar a Fairydale para ir al funeral.
Con la promesa de una cuantiosa herencia por delante, Darcy decide emprender el viaje a ese pequeño pueblo costero que esconde los secretos de su nacimiento. En cuanto pone un pie en Fairydale, no obstante, todo se empieza a torcer. Abundan los rumores extraños, muertes que lo son más aún y hasta hombres indescifrables: en especial el taciturno Caleb, parte de la tristemente célebre familia Hale.
Durante el día, va cayendo más y más en el embrujo de Caleb, quien la obliga a salir del terreno conocido para aceptar su sensualidad interior. Y, por la noche, es otro hombre quien protagoniza sus sueños: Amon d'Artan, un noble que vivió hace dos siglos. Amon es caballeroso y tierno, tanto como Caleb es intenso y peligroso. Darcy no tarda en quedar atrapada en una red de mentiras, engaños y sucesos inexplicables que la hacen cuestionarse si se está volviendo loca. Y, cuando un mal ancestral amenaza Fairydale y todo lo que Darcy quiere en esta vida, se ve obligada a tomar la decisión más difícil de todas. ¿Sobrevivirá a las consecuencias?
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Specificații
ISBN-13: 9781668250099
ISBN-10: 1668250098
Pagini: 736
Dimensiuni: 152 x 229 x 47 mm
Greutate: 0.57 kg
Editura: Atria/Primero Sueno Press
Colecția Atria/Primero Sueno Press
ISBN-10: 1668250098
Pagini: 736
Dimensiuni: 152 x 229 x 47 mm
Greutate: 0.57 kg
Editura: Atria/Primero Sueno Press
Colecția Atria/Primero Sueno Press
Extras
Capítulo Uno CAPÍTULO Uno
Agosto de 1955. Boston, Massachusetts
—¡Señorita O’Sullivan, señorita O’Sullivan!
Vuelvo la mirada en dirección a la voz que me llama y esbozo una gran sonrisa al ver que Stevie, uno de mis pupilos, corre hacia mí.
—Es para usted, señorita O’Sullivan. —Se detiene a mi lado, jadeando, y me extiende un sobre marrón grueso—. La señorita Jennings ha dicho que es para usted.
Frunzo el ceño de pura confusión; sin embargo, al aceptar el sobre, confirmo que es mi nombre el que aparece garabateado encima, con una letra inmaculada.
«Señorita Darcy O’Sullivan».
Más extraño aún es que no hay ni nombre ni dirección del remitente.
—Gracias, Stevie. Vuelve con los demás, anda. Que ya pronto van a servir la comida. —Le sonrío y le despeino esos rizos espesos que tiene.
Me dedica una sonrisa de oreja a oreja mientras me abraza con fuerza y susurra un «La quiero, señorita O’Sullivan» amortiguado contra mí antes de irse corriendo, ya rojo como un tomate.
Niego con la cabeza ante su atrevimiento y me pongo el sobre bajo el brazo para enfilar hacia mi habitación en los cuartos de los trabajadores.
El internado Saint Russell es uno de los mejores del país y, a pesar de que vivir en el centro era un requisito para cumplir con mi puesto, estuve encantada de aceptar por la generosa remuneración que se me ofrece.
Cuando llego al pasillo, me acerco a la tercera puerta y llamo tres veces.
Comparto habitación con Allison, otra profesora que empezó a trabajar al mismo tiempo que yo. Tengo la gran fortuna de compartir con solo una persona.
De pequeña, siempre dormía en la misma habitación que mi madre, y cuando falleció a mis diez años, me encomendaron a un orfanato cuyas habitaciones tenían a ocho o diez niños a la vez. En comparación con aquello, el Saint Russell es un paraíso.
—Adelante —responde Allison con voz adormilada.
Abro la puerta y la veo moverse en la cama en un intento por ponerse de pie.
—Tranquila —digo de inmediato—, no tienes por qué moverte por mí.
—Es que parece que solo me ves en la cama —añade con ironía y una ligera sonrisa.
—No es culpa tuya que te hayas contagiado de gripe. De hecho… —voy diciendo en lo que dejo el sobre en mi cama y me acerco a la suya. Le apoyo una mano en la frente y se la paso por la piel para comprobar su temperatura—. Ya no estás hirviendo —añado. Como le noto los labios resecos, me vuelvo hacia la mesa y le sirvo agua en un vaso—. Ahora solo te hace falta hidratarte un poco y volverás a estar fresca como una lechuga.
—¿Qué haría yo sin ti? —Sonríe, meneando la cabeza—. Tendrías que haberte apuntado a enfermera, no a profesora de lengua y literatura. A estas alturas ya sabemos todos que tienes manos de sanadora.
—Ya sabes que no podría. —Me ruborizo ante el halago—. No tengo las cualificaciones necesarias.
Suerte he tenido de que las monjas del orfanato en el que me crie me pagaran la formación para ser profesora. Después de terminar el curso, consiguieron meterme en el Saint Russell.
Sin ellas, no habría llegado hasta aquí y les estoy eternamente agradecida por todo lo que han hecho por mí, en especial sor Mary y sor Anne. Desde el primer día, me han defendido a capa y espada y me han ayudado a perseguir el éxito cuando todo me jugaba en contra.
—Pues yo no me imagino a nadie mejor que tú. No me ha bajado la fiebre con todos los medicamentos que me dio el médico, pero sí con el té que me preparaste.
—Ha sido cosa de suerte, nada más. —Sonrío, alisándole los bordes de la sábana.
Siempre me he sentido atraída hacia la medicina y el arte de la sanación; en algún momento hasta me planteé dedicarme a ello. Sin embargo, no tuve cómo negarme al ofrecimiento de las hermanas sabiendo lo mucho que habían cuidado de mí durante tantos años. Así que seguí con lo de la enseñanza. Por muy bien que me lo pase preparando tés y tinturas, me encanta estar con los niños y enseñarles las maravillas de la literatura.
Lo mire por donde lo mire, no puedo evitar ver que la buena fortuna me sonríe en todo momento.
—¿Qué es eso? —Señala el sobre.
—Ay, ya se me había olvidado. Me ha llegado una carta —respondo con entusiasmo.
Excepto por las monjas, no tengo a nadie en mi vida que fuera a enviarme nada, así que me figuro que es un paquete de su parte.
—Qué envidia. Esas monjas amigas tuyas te tratan mejor que a mí mi madre —se queja ella, aunque sé que no lo hace con mala intención.
Sor Mary siempre me manda tela para que yo misma me haga ropa, mientras que sor Anne se asegura de mandarme un libro nuevo cada mes. Es la forma que tienen de hacerme ver que siguen pensando en mí. A cambio, les mando tinturas que preparo con las plantas de la zona.
—Sí que son majas, ¿verdad? —suspiro distraída.
A pesar de haber quedado huérfana a tan temprana edad, me considero muy afortunada. Tengo trabajo y personas que se preocupan por mí. Vivo bajo un techo, tengo cama en la que dormir y comida caliente con la que llenarme el estómago. Se mire por donde se mire, mi situación es mejor que la de la media; desde luego es más de lo que tienen muchos.
Quizá es por eso que soy tan reacia a confesar que me falta algo.
Tengo personas a las que quiero y que también me quieren a mí; aun así, en el corazón tengo un hueco que mana sangre invisible.
Es algo con lo que he vivido desde siempre, esa sensación de que me falta algo esencial. Al mismo tiempo, es un tema que nunca he admitido delante de nadie porque me haría parecer desagradecida. Y seré muchas cosas, pero desagradecida no.
Lo que sí soy es… inquieta.
Con una sonrisa forzada, me siento en la cama y rebusco en un cajón hasta sacar el abrecartas. Corto la parte superior del sobre con cuidado y meto la mano para sacar lo que sea que me han mandado.
Se me quedan los ojos como platos al ver tres sobres más pequeños (uno muy grueso y dos más delgados) acompañados de una caja de joyas.
—¿Es de las monjas? —me pregunta Allison.
Niego despacio con la cabeza y parpadeo sorprendida al observar el contenido. Una vez más, giro el sobre en busca del remitente, solo que sigue sin haberlo, claro. Ni siquiera los tres del interior me dan más información.
—¿Y de quién es, entonces?
—No lo sé —respondo en voz baja.
Me puede la curiosidad y abro el sobre grueso en primera instancia, con lo que me arranco un grito ahogado al ver el tono verde de los billetes. Al sacarlos, me sorprende más aún el ver unos fajos más grandes de lo que he visto en la vida.
—Darcy, eso es…
—¿Quién me mandaría tantísimo dinero? —susurro. Me he quedado petrificada de pura sorpresa y soy incapaz de apartar la vista del dinero.
Allison es más rápida que yo y se me pone al lado, en la cama, para contarlo.
—Son mil dólares —musita con la voz teñida por un asombro que se equipara al mío—. Mil dólares, Darcy. Un cuarto de lo que ganamos en un año entero.
—Pero ¿cómo…?
—A lo mejor lo explica en las cartas. —Señala las otras dos.
Valiéndome del abrecartas, abro el primer sobre y saco una carta bien doblada acompañada de lo que parece ser un billete de tren.
—¿Y? ¿Qué dice? —me pregunta con impaciencia en lo que yo la leo por encima.
—Es de un tal señor Vaughan. Un abogado —murmuro, incapaz de creer lo que leo—. Dice que me escribe de parte de mi padre biológico, Leo Pierce, que… —Trago en seco, incómoda—. Que ha fallecido hace poco.
—¿Cómo que tu padre biológico? —Frunce el ceño.
Ya le conté que no he llegado a conocer a mi padre. Mi madre nunca me dijo quién era y, si alguna vez me daba por indagar más, me decía que no era buena persona y hasta ahí llegaba la conversación.
—Y hay más —susurro, humedeciéndome los labios—. Me pide que acuda al funeral de Leo Pierce, que tendrá lugar dentro de tres días, y a la lectura del testamento, del que formo parte. Pero, para eso, quiere que vaya al pueblo natal de mi padre…, Fairydale.
—¿Fairydale? —Pone cara extrañada—. No me suena.
—Por lo visto, está en alguna parte de Massachusetts —respondo leyendo el billete de tren.
Dice ser desde Boston hasta Fairydale y tiene una fecha flexible, entre el 28 y el 31 de agosto.
—¿Y a santo de qué vienen los mil dólares? No lo entiendo —comenta.
—Dice que es para asegurarse de que no me falta nada hasta que llegue a Fairydale.
Y aún hay más.
El señor Vaughan me cuenta que tengo más parientes: dos medio hermanos. Sin embargo, a juzgar por la edad que tienen…
Apenas logro contener un grito ahogado al darme cuenta de que no solo soy hija ilegítima, sino que seguro también soy fruto de una relación extramatrimonial. Y su esposa estará presente.
No, no podría ir a un lugar en el que sé que no me van a recibir nada bien.
Aun así, según sigo leyendo, veo que el señor Vaughan me asegura que será todo lo contrario.
—«La familia quiere conocerla lo antes posible» —leo en voz alta.
—Entonces, ¿vas a ir? —pregunta, con lo que me saca de mi estupor—. Tienes que ir. Si te ha dado mil dólares solo para que tengas lo que necesites, quién sabe cuánto te va a tocar en esa herencia.
—No sé, yo… —murmuro, presa de la incertidumbre.
Cuando termino la carta, vuelvo a empezar. Una sensación incómoda me tira del pecho, solo que no sé qué es exactamente.
Mil preguntas me pasan por la cabeza al mismo tiempo.
¿Por qué ahora?
Si mi padre no se molestó en contactar conmigo en vida, ¿por qué se iba a preocupar de dejarme algo en su testamento?
Y, por encima de todo eso, ¿cómo se las ha arreglado el señor Vaughan para encontrarme en el Saint Russell? ¿Cómo es posible que sepa dónde vivo? A no ser que…
—Tiene que haber sabido dónde estaba desde el principio. —Parpadeo para desprenderme de la humedad repentina que me cubre las pestañas.
Mi padre, el tal Leo Pierce, seguro que sabía dónde estaba yo. Y, aun a sabiendas de ello, permitió que me criaran unos desconocidos, que estuviera sola en el mundo.
Darme cuenta de ello me pone el mundo patas arriba.
En lugar de alegrarme por haber encontrado a más parientes, por la idea de que quizá vaya a heredar un dinero que me vendría de perlas, lo único que siento es inquietud.
Sin embargo, en cuanto empiezo a pensar en ello, ya no puedo parar.
El dinero con el que pagaron mi curso para ser profesora, el que llegara a trabajar en el Saint Russell… ¿Acaso todo eso ha sido una farsa también? ¿Y si las monjas estaban enteradas?
No ha habido día en el que no me preguntara por qué me tocaba a mí. Por qué solo yo tenía la suerte de que me pagaran tantas cosas cuando las demás tenían que conformarse con soñar con ello.
En aquel entonces creía que era porque yo prometía más que las demás, que el proceso se había basado en el mérito y nada más. Pero ahora… las dudas se acumulan.
Allison me quita la carta y la lee de cabo a rabo deprisa.
—Dice que es obligatorio que vayas a la lectura del testamento. —Señala la palabra «obligatorio» en la carta, una que me había saltado en mis intentos por encontrarle el sentido a todo.
—¿Y si no voy?
—Pues a lo mejor no pueden hacer la lectura. ¿Y si es una condición indispensable que estén todos presentes para leerlo?
—Tienes razón —suspiro.
No obstante, antes de poder tomar una decisión, vuelco mi atención en el otro sobre y en el joyero.
—No me digas que te han mandado joyas caras también —se queja—. Tu padre debía de estar podrido de dinero.
No contesto, sino que me limito a abrir el joyero, casi con miedo a lo que podría revelarme.
Y, tal como sospechaba, es algo que debe de valer una fortuna.
Es un broche con forma de cisne y diamantes engarzados; o al menos creo que son diamantes. La parte trasera está hecha de oro, mientras que la delantera, blanca, debe de ser algún tipo de porcelana.
Según paso los dedos por esa superficie tan lisa, tan lujosa, un escalofrío me recorre la espalda: la sensación de haber hecho el mismo gesto en incontables ocasiones.
Tanto Allison como yo nos quedamos mirando ese pequeño accesorio asombradas, porque las dos sabemos que no hemos visto algo tan elegante en la vida.
Sin embargo, cuando se me pasa la sorpresa, es una decepción inconcebible lo que se me asienta en los huesos.
Siempre me han brindado unas oportunidades increíbles a lo largo de la vida, sí, pero creía que me había esforzado por conseguirlas. La suerte había tenido algo que ver, claro, pero también había hecho todo lo que estaba en mis manos para merecerme esos golpes de buena fortuna.
La carta del señor Vaughan, el regalo monetario y este broche de valor incalculable me dicen que esa supuesta «suerte» anterior no ha sido nada más que intervenciones muy bien calculadas.
—Ábrelo. —Allison me coloca el último sobre en las manos.
Con dedos temblorosos, corto el papel y, por accidente, a mí también.
—Ay. —Me sobresalto y una gotita de sangre cae sobre el papel blanco. Me llevo el dedo a la boca y chupo el pequeño corte.
—Estás afectada, es normal —me asegura—. Deja, ya te ayudo yo —añade mientras saca una tarjetita negra y cuadrada y una llave.
Mi nombre está escrito en letras doradas en un lado de la tarjeta, mientras que el otro tiene una dirección: «Número 12 de Astor Place».
—¿Qué es eso? —Mi amiga frunce el ceño—. ¿La llave de dónde? —Parpadea sin saber qué pensar.
—No tengo ni idea, Allison. No entiendo nada —respondo con sinceridad.
El corazón me martillea en el pecho y se me nubla la cabeza cada vez que pienso en lo que implica todo esto.
Hoy he descubierto que tengo padre. Y también que lo acabo de perder.
Y, si bien ninguno de los dos hechos me afecta demasiado, la idea de que Leo Pierce supiera de mi existencia (y de que seguro me tuviera vigilada) es de lo más perturbadora.
—¿Por qué no me acogió? —Doy voz a lo que más me preocupa—. Si sabía dónde estaba y qué hacía, ¿por qué no se puso en contacto conmigo? ¿Por qué me entero de quién es ahora, cuando ya no está en este mundo?
Allison pasa unos segundos en silencio, mirándome con intensidad.
A pesar de que aún no me he puesto a llorar, la frustración, la angustia y el dolor se me deben de notar en la expresión.
—Solo tendrás respuestas si vas allí.
Me muerdo el labio inferior y desvío la mirada a todo lo que he recibido, la información que me ha puesto el mundo patas arriba. A estas alturas, el dinero es lo que menos me preocupa, por mucho que me acaben de regalar mil dólares como si fuera calderilla. Me aterra la verdad, la posibilidad de que eso cambie todo lo que sé sobre mi vida.
—No sé… —Niego con la cabeza.
La verdad es que me da miedo lo que sea que pueda descubrir. Aun así, si no voy…, las dudas me seguirán reconcomiendo por dentro.
Respiro hondo y recojo todas las cartas para devolverlas al sobre, con lo que, sin querer, mancho la tarjetita con un poco de sangre del dedo. La limpio todo lo que puedo antes de dejar los sobres en la mesita.
—No puedo tomar la decisión ahora mismo —aseguro—. Estoy demasiado indecisa —explico con un mohín.
—Claro, date un tiempo. Pero no te lo puedes pensar mucho —añade con cuidado, y sé que tiene razón.
Porque, si de verdad estoy obligada a ir, mi sentido de la responsabilidad me imposibilita el quedarme aquí.
Le preparo otra taza de mi tintura especial antes de excusarme y decirle que necesito un rato para pensármelo todo.
Ya he cumplido con mi horario por hoy, así que soy libre de ir a mi sitio de siempre, en el tejado del edificio Albert. Solo los miembros del claustro tenemos la llave del tejado, aunque no va nadie.
Primero paso por el comedor para llevarme algo de comer y me cuelo en secreto hacia las escaleras de atrás para subir al tejado. De inmediato, el viento fragante y cálido del verano me roza la cara y me hace creer que todo va bien.
Me siento en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared, y suelto un suspiro de agotamiento.
A pesar de que el cuerpo se me relaja al hallarme en un entorno conocido, la mente libra una guerra consigo misma.
¿Por qué ahora?
¿Por qué Leo Pierce no ha hablado nunca conmigo? Si me ha dejado algo en su testamento, será que cierto afecto sí que me tenía.
La respuesta, sin embargo, la tengo delante de las narices. O al menos la respuesta que entiendo.
Estaba casado cuando se juntó con mi madre y la dejó embarazada. En aquel entonces se debió de avergonzar de lo ocurrido y lo escondió, y solo la muerte le ha concedido el coraje necesario para admitir que tuvo otra hija, una a la que nunca ha mirado a los ojos. Al final, todo esto se reduce al arrepentimiento de un moribundo.
Aun con todo, piense lo que piense yo del tema, parece imperativo que acuda al funeral; por los otros miembros de la familia, que quizá esperan a que vaya a resolverlo todo, y también por mi paz mental.
Porque me conozco.
Con el paso del tiempo, las infinitas posibilidades podrían conmigo, erosionarían los muros de mi subconsciente hasta colarse en mi conciencia y no me dejarían en paz ni un solo momento. Cuanto más tratara de enterrar el asunto, más intentaría volver a la superficie.
Y también está la curiosidad, claro.
Porque… tengo hermanos.
Me llevo el dedo a los labios y, distraída, me paso la lengua por el corte en un intento por calmar el ligero escozor.
El señor Vaughan me ha mencionado a dos personas más en la carta: un medio hermano, August, y una media hermana, Grace.
Me cuesta creer que haya otras personas en el mundo que comparten mi misma sangre; es una idea que roza lo surrealista.
Aunque tuve amigos en el orfanato, los celos y la distancia se confabularon para que perdiera el contacto con todos. Ya no hablo con ninguno de ellos, y mentiría si dijera que eso no me dolió.
Allison fue un regalo que me cayó del cielo y en ella he encontrado a una gran amiga.
Aun así, August y Grace son mi familia. La única que me queda.
¿Podría pasar toda la vida sin conocerlos? Tal vez sí, antes de saber de su existencia. Pero ahora que ya sé quiénes son, no puedo hacer como que no están.
Cuantas más vueltas le doy, más me decido.
Debo ir a Fairydale. No obstante, también debo cerciorarme de que todo lo que se menciona en las cartas es cierto, y para ello tengo que ir a hablar con sor Mary y sor Anne.
Al día siguiente, me dispongo a resolver todos mis asuntos pendientes para poder marcharme pronto.
Hablo con la directora, quien me concede una excedencia de un mes, aunque con menos sueldo, claro. Luego recojo algunas de mis prendas y demás objetos necesarios en una pequeña maleta.
A pesar de que el billete de tren que me han enviado es desde Boston a Fairydale, primero me desviaré para ir al orfanato de Worcester y poder hablar con las monjas. Si me confirman que la información de las cartas es cierta, ahí sí que iré directamente a Fairydale desde Boston. Puede que el viaje se me haga más largo, pero más vale prevenir que curar. No sería el primer timo con una herencia que aparece en los periódicos y, aunque dudo mucho que los estafadores fueran a darme mil dólares sin más, la cruda realidad es que soy una mujer soltera sin familia inmediata, así que represento un blanco ideal para sus tretas.
—Eres muy valiente —me comenta Allison mientras me observa doblar la ropa para hacer la maleta—. Y astuta por haber caído en comprobarlo todo con las monjas antes. Yo me habría lanzado de cabeza a la oportunidad de sacar dinero extra sin pensarme nada más —añade con sinceridad.
—Es que es mucho dinero —comento, con la idea de que el contenido del testamento debe de ser mucho más de lo que ya me han dado—, pero eso no es lo que me preocupa. Estoy bien tal como estoy. —Me encojo de hombros—. Me gusta el trabajo y no tengo ningún gasto personal que exija una cantidad de dinero así.
—Quizá eso es porque es lo que has conocido toda la vida —señala—. Piensa en todo lo que podrías comprarte: vestidos, bolsos…, ¡zapatos! —exclama soñando despierta—. O piensa en los viajes que podrías hacer. ¿No me dijiste que querías ir a ver Europa algún día?
Asiento.
Me muero por ir a Inglaterra desde que leí Jane Eyre por primera vez. Solo que también he sido consciente de que es un sueño de opio.
Soy profesora. Y, aunque el sueldo anual no está mal, no me alcanza para un viaje al otro lado del charco.
—Pues a lo mejor puedes ir si te dan mucho dinero —dice con una risita—. Podrías ir a Londres, a ver todos esos palacios elegantes. A enamorarte de un británico —añade, guiñándome un ojo.
Me ruborizo y aparto la mirada al notar que me pongo roja de pies a cabeza.
Allison tiene un novio al que va a ver los fines de semana. A sus cerca de treinta años, trabaja en el banco de Boston y todo apunta a que alcanzará el éxito. Ya llevan un tiempo hablando de matrimonio y mi amiga está convencida de que se lo va a proponer dentro de poco.
A través de ella, no obstante, he podido descubrir lo que significa estar enamorada y mantener una relación. Y, a pesar de mis protestas de vez en cuando, hasta me ha compartido detalles de su vida íntima.
A mis oídos de virgen, todo sonaba de lo más escandaloso, aunque tampoco podía evitar notar el atractivo que tenía el encontrar a esa persona con la que compartir todo lo que eres.
Me conformo con la vida que tengo, pero también debo admitir que siempre he soñado con encontrar a mi príncipe azul. Quizá a un encantador señor Rochester o a un taciturno Heathcliff. A pesar de todo ello, nunca he hecho el esfuerzo de conocer a nadie.
He acudido a algún que otro evento social y unos pocos caballeros apuestos hasta me han pedido salir; y cada vez, por una razón que desconozco, los he rechazado.
Y aquí estoy, a mis veinticuatro años, sin haber tenido ni una sola cita.
Si me dieran dinero, ¿de verdad cambiaría mi vida de forma tan drástica?
¿Por fin tendría el coraje necesario para salir al mundo y cumplir con todo lo que he soñado? Lo dudo mucho.
Aun así, al menos tendría la opción.
—Puede ser —murmuro—. El dinero puede comprar muchas cosas.
La pregunta lógica queda sin pronunciar. ¿De verdad puede comprar la felicidad?
Sé que ella me respondería que sí sin pensárselo y, visto de forma objetiva, yo debería estar de acuerdo. Solo que hay algo que me perturba, la misma inquietud que siempre me hace pensar que hay algo más. Una libertad sin parangón que no tiene nada que ver con lo material, quizá ni siquiera con lo corporal.
En algún lugar del mundo hay una felicidad que me llama, una entidad inefable que me habla al alma, en vez de a la mente. Quizá no sé lo que es ahora mismo, pero algo dentro de mí me dice que lo sabré. Cuando esté lista, lo sabré.
—Espero que no te olvides de mí si te vuelves millonaria de la noche a la mañana —bromea, y yo niego con la cabeza entretenida.
—Su familia vive en una ciudad llamada Fairydale. No sé si eso suena a destino popular para millonarios —respondo, doblando un par de camisas limpias.
Por un capricho del momento, habíamos desplegado un mapa para intentar encontrar el lugar. Se trata de una ciudad histórica del noreste de Massachusetts, a más o menos una hora del este de Ipswich, aunque no logramos encontrar mucha información.
—Además, voy a tener que dividirme el dinero con sus otros hijos, que seguro que se merecen más parte que yo porque son legítimos y…
—Para el carro. —Se pone de pie de pronto, pero se sienta al sufrir la embestida del mareo.
Hago el ademán de acercarme a ella y alza una mano para detenerme.
—¿Por qué te mereces menos que ellos? Yo diría que es todo lo contrario, que debería darte más a ti porque nunca ha estado contigo. Al menos sus otros hijos pudieron pasar un tiempo con él. ¿A ti qué te ha dado?
Hago una mueca.
Si bien lo que dice tiene su lógica, noto cierta incomodidad cada vez que pienso en el dinero, como si no fuera para mí, me lo den o no. Es la misma incomodidad que me atosiga cuando me acuerdo de los mil dólares que dejé en el fondo de la maleta.
—¿Crees que me odiarán? —pregunto en un susurro.
Porque ¿cómo no me van a odiar? Soy fruto de una aventura extramatrimonial y voy a su casa para quedarme con su dinero. Por mucho que el señor Vaughan me hubiera asegurado que la familia sabe de mi existencia y quieren conocerme, sigo un tanto reticente.
—Quién sabe. —Allison se encoge de hombros—. Puede que sí, puede que no. Para eso vas, ¿no? Para averiguarlo.
Suelto una risita nerviosa; a veces su sinceridad duele. Ya me estoy arriesgando muchísimo al ir a un lugar desconocido, no quiero acabar siendo la persona más odiada del pueblo también.
—Ya está. —Respiro hondo tras cerrar la maleta.
A pesar de que no tengo muchas pertenencias, quiero causarles buena impresión cuando los vea por primera vez. Es por eso que me llevaré las prendas de mejor calidad que tengo: un par de camisas y pantalones, una falda, dos vestidos, un camisón para dormir y ropa interior.
Al día siguiente, desayuno con Allison antes de salir para la estación de tren.
—Ten cuidado. Y llámame si puedes —dice, envolviéndome en un cálido abrazo.
—Pues claro que sí. ¿A quién más se lo voy a contar? —Sonrío y le dejo un beso en la mejilla.
—Buen viaje, Darcy. Sé que encontrarás lo que estás buscando.
Me despido con la mano y subo al tren. El trayecto hasta Worcester es de cerca de dos horas y ya he llamado a las monjas para hacerles saber que estoy de camino. Me han prometido que estarán esperándome en la estación.
Y sí: en cuanto bajo del tren, allí las veo, tan alegres y preciosas como siempre.
—Darcy de mi corazón —exclama sor Anne dándome un gran abrazo—. No me imaginaba que fuéramos a verte tan pronto.
—Muchas gracias por esperarme.
—No las des. Con lo poco que nos vemos ahora, ¿cómo no íbamos a venir a buscar a nuestra chica favorita? —dice sor Mary.
Les dedico una sonrisa llena de cariño y nos ponemos a charlar en lo que nos dirigimos a la calle principal para buscar un taxi, uno que insisto en pagar yo. Las noto un poco incómodas al principio, pero no tardamos en interactuar como siempre y me hablan de los recién llegados, además de que aprovecharon unas donaciones para construir otra ala en el dormitorio. Me ofrecen mostrarme la zona en cuanto lleguemos al orfanato.
Unas pocas horas después nos encerramos en su despacho para mantener la conversación seria que les había pedido. Y, conforme tomamos asiento en torno a su pequeña mesa, reconozco la preocupación que les ha estado marcando el rostro. Toda esta cháchara no ha sido nada más que una forma de marear la perdiz.
—Sabemos por qué has venido —dice sor Anne sin mayor preámbulo.
Abro mucho los ojos y paso la mirada de una a otra.
Con los labios tensos y la expresión seria, parecen sentirse más culpables que nunca.
—¿Cómo…? —empiezo en voz baja.
Sor Mary se pone de pie, se acerca a uno de los armaritos y saca una caja de un compartimento escondido.
Me la trae, la abre y me presenta lo que contiene.
Me quedo de piedra al ver una réplica exacta del broche de cisne que recibí de parte del señor Vaughan.
Sin embargo, por encima de todo eso, noto que me quedo helada al ver que todo empieza a encajar. Esta joya era la confirmación que me hacía falta.
—Sabíais quién era mi padre —susurro, alzando la vista despacio.
Sor Mary se tensa aún más, pero acaba asintiendo casi sin mover la cabeza.
—Tu madre sabía que le quedaba poco en este mundo cuando nos pidió que cuidáramos de ti —explica, ocupando de nuevo su silla frente a mí—. Estaba enferma, no tenía dinero y no sabía qué más hacer. Lo único que le quedaba era ese broche; es la pareja de otro idéntico, según supe más adelante. En aquel entonces no nos habló mucho de tu padre, ni siquiera mencionó que podría ser opción para tu custodia, así que optamos por no fisgonear.
—Nos pidió que, cuando falleciera, vendiéramos el broche y usáramos ese dinero para darte cobijo y una buena educación —continúa sor Anne—. Como sabía que iba a valer mucho, fui a que lo tasara un profesional y, mientras esperábamos a que nos respondiera, nos llegó un mensaje anónimo que preguntaba de dónde lo habíamos sacado. Intercambiamos varias cartas hasta que un abogado, el señor Vaughan, se pasó por aquí para verlo en persona. Fue entonces que nos mostró la pareja del broche y nos contó que estaban hechos a encargo, que la única persona que podía haber tenido el segundo era tu madre. Cuando le contamos lo de Lizette y le hablamos de tu existencia, se sorprendió mucho.
—Por lo que fuimos entendiendo, tu madre dejó a tu padre cuando estaba embarazada y él no logró encontrarla —añade sor Mary.
Me quedo quieta para digerir la información. ¿Mi madre huyó de mi padre?
Guardo vagos recuerdos en los que ella me recordaba que mi padre era mala persona, solo que nunca me llegó a decir por qué y yo no quise indagar más. Al notar lo incómoda que la ponía el tema, pasé a hacer como si no tuviera padre. Además, tampoco quería tenerlo.
¿Sería porque ella no había estado enterada de que estaba casado? Quizá lo supo después de que consumaran su aventura. Tiene su lógica que lo tache de mala persona por faltar a sus votos matrimoniales y engañarla a ella también.
En cuanto emprendo ese derrotero mental, la tranquilidad cae sobre mí.
Puede que no conserve muchos recuerdos de mi madre, pero sí sé que era una buena mujer que hizo todo lo posible por criarme a pesar de las circunstancias en las que había terminado. Sin estar casada, al borde de la pobreza, se las había arreglado para colmarme de amor y brindarme un entorno seguro en el que criarme. Me alegro de que sea muy posible que no participara en una aventura extramatrimonial a sabiendas, o al menos que no supiera que lo era.
—Eso no explica por qué no vino a buscarme —digo despacio en un intento por permanecer racional, por mucho que las emociones amenacen con sobrepasarme. Decir que estos últimos días han sido un torbellino de emociones sería quedarse corta.
Las hermanas comparten una mirada cómplice antes de que sor Anne me conteste.
—Estaba casado y tenía familia; creyó que ibas a estar mejor con nosotras —explica, aunque no le veo la lógica.
¿Quién estaría mejor viviendo en un orfanato que con una familia? A pesar de la buena suerte que tuve de encontrar a las dos monjas, sé que mi caso no es lo más común. La mayoría de los orfanatos son lugares en los que el amor y la calidez brillan por su ausencia, donde no existe ninguna sensación familiar.
—Sí que prometió que no te faltaría nada e hizo varios donativos al orfanato, además de pagos continuos para cubrir tus necesidades y formarte.
Sor Mary me confirma lo que ya sospechaba: que no me he ganado nada.
—¿Todo fue cosa suya? —pregunto en un hilo de voz.
Asienten.
—Quería que tuvieras lo mejor, aunque no pudiera estar presente en tu vida. —Me dedica una sonrisa triste—. Y albergaba la esperanza de poder conocerte en algún momento cuando fueras mayor.
—Pues ya no —interpongo, y no veo que les cambie la expresión.
Porque ya lo saben.
—Nos llegó una carta de su abogado en la que nos contaba que había fallecido y que te había incluido a ti en su testamento. Como el señor Vaughan se imaginaba que iba a sorprenderte la noticia, te mandó el broche como prueba.
Asiento despacio.
Todo parece encajar bien…, demasiado bien. Y, aunque no encuentro ningún fallo en la narrativa, al menos en primera instancia, hay ciertos temas que me parecen demasiada coincidencia.
Las monjas me criaron para que fuera juiciosa, para que siempre me lo cuestionara todo. A pesar de ello, ahora son ellas las que me miran a los ojos y esperan que me lo crea sin mayor problema.
Si mi padre tenía la esperanza de conocerme cuando fuera adulta, ¿por qué no se puso en contacto conmigo cuando cumplí los dieciocho? O después de que llegara a mi puesto de profesora, por ejemplo. Tuvo muchos momentos en los que podría haber hablado conmigo, tantos como años he tenido yo como adulta.
Por el motivo que sea, la explicación no me termina de convencer.
Al ver que las dudas amenazan con asfixiarme, intento entrar en razón.
Estoy hablando con mis mentoras, con quienes han hecho de madre conmigo. No puedo dudar de ellas; si me dicen que todo ocurrió así, es que es verdad.
—Debes ir, querida Darcy. —Sor Mary me da las manos—. Siento muchísimo que hayas tenido que enterarte de todo así, que no vayas a poder conocer a tu padre. Pero al menos podrás conocer al resto de tu familia, ¿verdad? —añade en un tono más esperanzado.
—¿Vosotras lo conocisteis?
—No —suspira—. Al señor Vaughan sí, y con tu padre intercambiábamos cartas, pero nunca hablamos en persona.
—Ya veo. —Asiento despacio y me obligo a sonreír—. Si me decís que es lo correcto, iré.
—Qué bien —sueltan las dos monjas a la vez.
—Otra cosa. —Me he acordado de que quería preguntárselo—. ¿Sabéis algo de Fairydale, de donde era él? Está más lejos de lo que he viajado nunca y…
—Es un pueblo sin más, no te preocupes —me corta sor Mary, haciendo un ademán para restarle importancia—. Según sé, es un refugio para ricos que quieren pasar un tiempo lejos de la civilización. Y ya sabes cómo son esas personas: les gusta mucho la privacidad —dice, casi en tono de broma.
—Pues sí —repongo sin ganas.
—Pero si te encuentras con algún problema, ya sabes que nos tienes a una llamada de distancia, querida —añade sor Anne, dedicándole una mirada fulminante a la otra monja.
Me obligo a sonreír y me contengo para no decir que no creo que un pueblo pequeño como ese vaya a tener muchos teléfonos disponibles.
Pasamos lo que queda del día charlando y me ofrecen la posibilidad de pasar la noche allí antes de subirme al primer tren de la mañana.
Parece que sí que acabaré yendo a Fairydale al final.
Y, mientras subo al tren el día siguiente, intento animarme con la aventura que me espera y hago a un lado las dudas.
Allison tenía razón: debo verles el lado positivo a las cosas. Lo más probable es que acabe heredando cierta cantidad de dinero (una bastante considerable, según las monjas) y también podré conocer a mis medio hermanos.
Además, ¿qué podría salir mal en un pueblo cuyo nombre parece haber salido de un cuento de hadas?
Agosto de 1955. Boston, Massachusetts
—¡Señorita O’Sullivan, señorita O’Sullivan!
Vuelvo la mirada en dirección a la voz que me llama y esbozo una gran sonrisa al ver que Stevie, uno de mis pupilos, corre hacia mí.
—Es para usted, señorita O’Sullivan. —Se detiene a mi lado, jadeando, y me extiende un sobre marrón grueso—. La señorita Jennings ha dicho que es para usted.
Frunzo el ceño de pura confusión; sin embargo, al aceptar el sobre, confirmo que es mi nombre el que aparece garabateado encima, con una letra inmaculada.
«Señorita Darcy O’Sullivan».
Más extraño aún es que no hay ni nombre ni dirección del remitente.
—Gracias, Stevie. Vuelve con los demás, anda. Que ya pronto van a servir la comida. —Le sonrío y le despeino esos rizos espesos que tiene.
Me dedica una sonrisa de oreja a oreja mientras me abraza con fuerza y susurra un «La quiero, señorita O’Sullivan» amortiguado contra mí antes de irse corriendo, ya rojo como un tomate.
Niego con la cabeza ante su atrevimiento y me pongo el sobre bajo el brazo para enfilar hacia mi habitación en los cuartos de los trabajadores.
El internado Saint Russell es uno de los mejores del país y, a pesar de que vivir en el centro era un requisito para cumplir con mi puesto, estuve encantada de aceptar por la generosa remuneración que se me ofrece.
Cuando llego al pasillo, me acerco a la tercera puerta y llamo tres veces.
Comparto habitación con Allison, otra profesora que empezó a trabajar al mismo tiempo que yo. Tengo la gran fortuna de compartir con solo una persona.
De pequeña, siempre dormía en la misma habitación que mi madre, y cuando falleció a mis diez años, me encomendaron a un orfanato cuyas habitaciones tenían a ocho o diez niños a la vez. En comparación con aquello, el Saint Russell es un paraíso.
—Adelante —responde Allison con voz adormilada.
Abro la puerta y la veo moverse en la cama en un intento por ponerse de pie.
—Tranquila —digo de inmediato—, no tienes por qué moverte por mí.
—Es que parece que solo me ves en la cama —añade con ironía y una ligera sonrisa.
—No es culpa tuya que te hayas contagiado de gripe. De hecho… —voy diciendo en lo que dejo el sobre en mi cama y me acerco a la suya. Le apoyo una mano en la frente y se la paso por la piel para comprobar su temperatura—. Ya no estás hirviendo —añado. Como le noto los labios resecos, me vuelvo hacia la mesa y le sirvo agua en un vaso—. Ahora solo te hace falta hidratarte un poco y volverás a estar fresca como una lechuga.
—¿Qué haría yo sin ti? —Sonríe, meneando la cabeza—. Tendrías que haberte apuntado a enfermera, no a profesora de lengua y literatura. A estas alturas ya sabemos todos que tienes manos de sanadora.
—Ya sabes que no podría. —Me ruborizo ante el halago—. No tengo las cualificaciones necesarias.
Suerte he tenido de que las monjas del orfanato en el que me crie me pagaran la formación para ser profesora. Después de terminar el curso, consiguieron meterme en el Saint Russell.
Sin ellas, no habría llegado hasta aquí y les estoy eternamente agradecida por todo lo que han hecho por mí, en especial sor Mary y sor Anne. Desde el primer día, me han defendido a capa y espada y me han ayudado a perseguir el éxito cuando todo me jugaba en contra.
—Pues yo no me imagino a nadie mejor que tú. No me ha bajado la fiebre con todos los medicamentos que me dio el médico, pero sí con el té que me preparaste.
—Ha sido cosa de suerte, nada más. —Sonrío, alisándole los bordes de la sábana.
Siempre me he sentido atraída hacia la medicina y el arte de la sanación; en algún momento hasta me planteé dedicarme a ello. Sin embargo, no tuve cómo negarme al ofrecimiento de las hermanas sabiendo lo mucho que habían cuidado de mí durante tantos años. Así que seguí con lo de la enseñanza. Por muy bien que me lo pase preparando tés y tinturas, me encanta estar con los niños y enseñarles las maravillas de la literatura.
Lo mire por donde lo mire, no puedo evitar ver que la buena fortuna me sonríe en todo momento.
—¿Qué es eso? —Señala el sobre.
—Ay, ya se me había olvidado. Me ha llegado una carta —respondo con entusiasmo.
Excepto por las monjas, no tengo a nadie en mi vida que fuera a enviarme nada, así que me figuro que es un paquete de su parte.
—Qué envidia. Esas monjas amigas tuyas te tratan mejor que a mí mi madre —se queja ella, aunque sé que no lo hace con mala intención.
Sor Mary siempre me manda tela para que yo misma me haga ropa, mientras que sor Anne se asegura de mandarme un libro nuevo cada mes. Es la forma que tienen de hacerme ver que siguen pensando en mí. A cambio, les mando tinturas que preparo con las plantas de la zona.
—Sí que son majas, ¿verdad? —suspiro distraída.
A pesar de haber quedado huérfana a tan temprana edad, me considero muy afortunada. Tengo trabajo y personas que se preocupan por mí. Vivo bajo un techo, tengo cama en la que dormir y comida caliente con la que llenarme el estómago. Se mire por donde se mire, mi situación es mejor que la de la media; desde luego es más de lo que tienen muchos.
Quizá es por eso que soy tan reacia a confesar que me falta algo.
Tengo personas a las que quiero y que también me quieren a mí; aun así, en el corazón tengo un hueco que mana sangre invisible.
Es algo con lo que he vivido desde siempre, esa sensación de que me falta algo esencial. Al mismo tiempo, es un tema que nunca he admitido delante de nadie porque me haría parecer desagradecida. Y seré muchas cosas, pero desagradecida no.
Lo que sí soy es… inquieta.
Con una sonrisa forzada, me siento en la cama y rebusco en un cajón hasta sacar el abrecartas. Corto la parte superior del sobre con cuidado y meto la mano para sacar lo que sea que me han mandado.
Se me quedan los ojos como platos al ver tres sobres más pequeños (uno muy grueso y dos más delgados) acompañados de una caja de joyas.
—¿Es de las monjas? —me pregunta Allison.
Niego despacio con la cabeza y parpadeo sorprendida al observar el contenido. Una vez más, giro el sobre en busca del remitente, solo que sigue sin haberlo, claro. Ni siquiera los tres del interior me dan más información.
—¿Y de quién es, entonces?
—No lo sé —respondo en voz baja.
Me puede la curiosidad y abro el sobre grueso en primera instancia, con lo que me arranco un grito ahogado al ver el tono verde de los billetes. Al sacarlos, me sorprende más aún el ver unos fajos más grandes de lo que he visto en la vida.
—Darcy, eso es…
—¿Quién me mandaría tantísimo dinero? —susurro. Me he quedado petrificada de pura sorpresa y soy incapaz de apartar la vista del dinero.
Allison es más rápida que yo y se me pone al lado, en la cama, para contarlo.
—Son mil dólares —musita con la voz teñida por un asombro que se equipara al mío—. Mil dólares, Darcy. Un cuarto de lo que ganamos en un año entero.
—Pero ¿cómo…?
—A lo mejor lo explica en las cartas. —Señala las otras dos.
Valiéndome del abrecartas, abro el primer sobre y saco una carta bien doblada acompañada de lo que parece ser un billete de tren.
—¿Y? ¿Qué dice? —me pregunta con impaciencia en lo que yo la leo por encima.
—Es de un tal señor Vaughan. Un abogado —murmuro, incapaz de creer lo que leo—. Dice que me escribe de parte de mi padre biológico, Leo Pierce, que… —Trago en seco, incómoda—. Que ha fallecido hace poco.
—¿Cómo que tu padre biológico? —Frunce el ceño.
Ya le conté que no he llegado a conocer a mi padre. Mi madre nunca me dijo quién era y, si alguna vez me daba por indagar más, me decía que no era buena persona y hasta ahí llegaba la conversación.
—Y hay más —susurro, humedeciéndome los labios—. Me pide que acuda al funeral de Leo Pierce, que tendrá lugar dentro de tres días, y a la lectura del testamento, del que formo parte. Pero, para eso, quiere que vaya al pueblo natal de mi padre…, Fairydale.
—¿Fairydale? —Pone cara extrañada—. No me suena.
—Por lo visto, está en alguna parte de Massachusetts —respondo leyendo el billete de tren.
Dice ser desde Boston hasta Fairydale y tiene una fecha flexible, entre el 28 y el 31 de agosto.
—¿Y a santo de qué vienen los mil dólares? No lo entiendo —comenta.
—Dice que es para asegurarse de que no me falta nada hasta que llegue a Fairydale.
Y aún hay más.
El señor Vaughan me cuenta que tengo más parientes: dos medio hermanos. Sin embargo, a juzgar por la edad que tienen…
Apenas logro contener un grito ahogado al darme cuenta de que no solo soy hija ilegítima, sino que seguro también soy fruto de una relación extramatrimonial. Y su esposa estará presente.
No, no podría ir a un lugar en el que sé que no me van a recibir nada bien.
Aun así, según sigo leyendo, veo que el señor Vaughan me asegura que será todo lo contrario.
—«La familia quiere conocerla lo antes posible» —leo en voz alta.
—Entonces, ¿vas a ir? —pregunta, con lo que me saca de mi estupor—. Tienes que ir. Si te ha dado mil dólares solo para que tengas lo que necesites, quién sabe cuánto te va a tocar en esa herencia.
—No sé, yo… —murmuro, presa de la incertidumbre.
Cuando termino la carta, vuelvo a empezar. Una sensación incómoda me tira del pecho, solo que no sé qué es exactamente.
Mil preguntas me pasan por la cabeza al mismo tiempo.
¿Por qué ahora?
Si mi padre no se molestó en contactar conmigo en vida, ¿por qué se iba a preocupar de dejarme algo en su testamento?
Y, por encima de todo eso, ¿cómo se las ha arreglado el señor Vaughan para encontrarme en el Saint Russell? ¿Cómo es posible que sepa dónde vivo? A no ser que…
—Tiene que haber sabido dónde estaba desde el principio. —Parpadeo para desprenderme de la humedad repentina que me cubre las pestañas.
Mi padre, el tal Leo Pierce, seguro que sabía dónde estaba yo. Y, aun a sabiendas de ello, permitió que me criaran unos desconocidos, que estuviera sola en el mundo.
Darme cuenta de ello me pone el mundo patas arriba.
En lugar de alegrarme por haber encontrado a más parientes, por la idea de que quizá vaya a heredar un dinero que me vendría de perlas, lo único que siento es inquietud.
Sin embargo, en cuanto empiezo a pensar en ello, ya no puedo parar.
El dinero con el que pagaron mi curso para ser profesora, el que llegara a trabajar en el Saint Russell… ¿Acaso todo eso ha sido una farsa también? ¿Y si las monjas estaban enteradas?
No ha habido día en el que no me preguntara por qué me tocaba a mí. Por qué solo yo tenía la suerte de que me pagaran tantas cosas cuando las demás tenían que conformarse con soñar con ello.
En aquel entonces creía que era porque yo prometía más que las demás, que el proceso se había basado en el mérito y nada más. Pero ahora… las dudas se acumulan.
Allison me quita la carta y la lee de cabo a rabo deprisa.
—Dice que es obligatorio que vayas a la lectura del testamento. —Señala la palabra «obligatorio» en la carta, una que me había saltado en mis intentos por encontrarle el sentido a todo.
—¿Y si no voy?
—Pues a lo mejor no pueden hacer la lectura. ¿Y si es una condición indispensable que estén todos presentes para leerlo?
—Tienes razón —suspiro.
No obstante, antes de poder tomar una decisión, vuelco mi atención en el otro sobre y en el joyero.
—No me digas que te han mandado joyas caras también —se queja—. Tu padre debía de estar podrido de dinero.
No contesto, sino que me limito a abrir el joyero, casi con miedo a lo que podría revelarme.
Y, tal como sospechaba, es algo que debe de valer una fortuna.
Es un broche con forma de cisne y diamantes engarzados; o al menos creo que son diamantes. La parte trasera está hecha de oro, mientras que la delantera, blanca, debe de ser algún tipo de porcelana.
Según paso los dedos por esa superficie tan lisa, tan lujosa, un escalofrío me recorre la espalda: la sensación de haber hecho el mismo gesto en incontables ocasiones.
Tanto Allison como yo nos quedamos mirando ese pequeño accesorio asombradas, porque las dos sabemos que no hemos visto algo tan elegante en la vida.
Sin embargo, cuando se me pasa la sorpresa, es una decepción inconcebible lo que se me asienta en los huesos.
Siempre me han brindado unas oportunidades increíbles a lo largo de la vida, sí, pero creía que me había esforzado por conseguirlas. La suerte había tenido algo que ver, claro, pero también había hecho todo lo que estaba en mis manos para merecerme esos golpes de buena fortuna.
La carta del señor Vaughan, el regalo monetario y este broche de valor incalculable me dicen que esa supuesta «suerte» anterior no ha sido nada más que intervenciones muy bien calculadas.
—Ábrelo. —Allison me coloca el último sobre en las manos.
Con dedos temblorosos, corto el papel y, por accidente, a mí también.
—Ay. —Me sobresalto y una gotita de sangre cae sobre el papel blanco. Me llevo el dedo a la boca y chupo el pequeño corte.
—Estás afectada, es normal —me asegura—. Deja, ya te ayudo yo —añade mientras saca una tarjetita negra y cuadrada y una llave.
Mi nombre está escrito en letras doradas en un lado de la tarjeta, mientras que el otro tiene una dirección: «Número 12 de Astor Place».
—¿Qué es eso? —Mi amiga frunce el ceño—. ¿La llave de dónde? —Parpadea sin saber qué pensar.
—No tengo ni idea, Allison. No entiendo nada —respondo con sinceridad.
El corazón me martillea en el pecho y se me nubla la cabeza cada vez que pienso en lo que implica todo esto.
Hoy he descubierto que tengo padre. Y también que lo acabo de perder.
Y, si bien ninguno de los dos hechos me afecta demasiado, la idea de que Leo Pierce supiera de mi existencia (y de que seguro me tuviera vigilada) es de lo más perturbadora.
—¿Por qué no me acogió? —Doy voz a lo que más me preocupa—. Si sabía dónde estaba y qué hacía, ¿por qué no se puso en contacto conmigo? ¿Por qué me entero de quién es ahora, cuando ya no está en este mundo?
Allison pasa unos segundos en silencio, mirándome con intensidad.
A pesar de que aún no me he puesto a llorar, la frustración, la angustia y el dolor se me deben de notar en la expresión.
—Solo tendrás respuestas si vas allí.
Me muerdo el labio inferior y desvío la mirada a todo lo que he recibido, la información que me ha puesto el mundo patas arriba. A estas alturas, el dinero es lo que menos me preocupa, por mucho que me acaben de regalar mil dólares como si fuera calderilla. Me aterra la verdad, la posibilidad de que eso cambie todo lo que sé sobre mi vida.
—No sé… —Niego con la cabeza.
La verdad es que me da miedo lo que sea que pueda descubrir. Aun así, si no voy…, las dudas me seguirán reconcomiendo por dentro.
Respiro hondo y recojo todas las cartas para devolverlas al sobre, con lo que, sin querer, mancho la tarjetita con un poco de sangre del dedo. La limpio todo lo que puedo antes de dejar los sobres en la mesita.
—No puedo tomar la decisión ahora mismo —aseguro—. Estoy demasiado indecisa —explico con un mohín.
—Claro, date un tiempo. Pero no te lo puedes pensar mucho —añade con cuidado, y sé que tiene razón.
Porque, si de verdad estoy obligada a ir, mi sentido de la responsabilidad me imposibilita el quedarme aquí.
Le preparo otra taza de mi tintura especial antes de excusarme y decirle que necesito un rato para pensármelo todo.
Ya he cumplido con mi horario por hoy, así que soy libre de ir a mi sitio de siempre, en el tejado del edificio Albert. Solo los miembros del claustro tenemos la llave del tejado, aunque no va nadie.
Primero paso por el comedor para llevarme algo de comer y me cuelo en secreto hacia las escaleras de atrás para subir al tejado. De inmediato, el viento fragante y cálido del verano me roza la cara y me hace creer que todo va bien.
Me siento en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared, y suelto un suspiro de agotamiento.
A pesar de que el cuerpo se me relaja al hallarme en un entorno conocido, la mente libra una guerra consigo misma.
¿Por qué ahora?
¿Por qué Leo Pierce no ha hablado nunca conmigo? Si me ha dejado algo en su testamento, será que cierto afecto sí que me tenía.
La respuesta, sin embargo, la tengo delante de las narices. O al menos la respuesta que entiendo.
Estaba casado cuando se juntó con mi madre y la dejó embarazada. En aquel entonces se debió de avergonzar de lo ocurrido y lo escondió, y solo la muerte le ha concedido el coraje necesario para admitir que tuvo otra hija, una a la que nunca ha mirado a los ojos. Al final, todo esto se reduce al arrepentimiento de un moribundo.
Aun con todo, piense lo que piense yo del tema, parece imperativo que acuda al funeral; por los otros miembros de la familia, que quizá esperan a que vaya a resolverlo todo, y también por mi paz mental.
Porque me conozco.
Con el paso del tiempo, las infinitas posibilidades podrían conmigo, erosionarían los muros de mi subconsciente hasta colarse en mi conciencia y no me dejarían en paz ni un solo momento. Cuanto más tratara de enterrar el asunto, más intentaría volver a la superficie.
Y también está la curiosidad, claro.
Porque… tengo hermanos.
Me llevo el dedo a los labios y, distraída, me paso la lengua por el corte en un intento por calmar el ligero escozor.
El señor Vaughan me ha mencionado a dos personas más en la carta: un medio hermano, August, y una media hermana, Grace.
Me cuesta creer que haya otras personas en el mundo que comparten mi misma sangre; es una idea que roza lo surrealista.
Aunque tuve amigos en el orfanato, los celos y la distancia se confabularon para que perdiera el contacto con todos. Ya no hablo con ninguno de ellos, y mentiría si dijera que eso no me dolió.
Allison fue un regalo que me cayó del cielo y en ella he encontrado a una gran amiga.
Aun así, August y Grace son mi familia. La única que me queda.
¿Podría pasar toda la vida sin conocerlos? Tal vez sí, antes de saber de su existencia. Pero ahora que ya sé quiénes son, no puedo hacer como que no están.
Cuantas más vueltas le doy, más me decido.
Debo ir a Fairydale. No obstante, también debo cerciorarme de que todo lo que se menciona en las cartas es cierto, y para ello tengo que ir a hablar con sor Mary y sor Anne.
Al día siguiente, me dispongo a resolver todos mis asuntos pendientes para poder marcharme pronto.
Hablo con la directora, quien me concede una excedencia de un mes, aunque con menos sueldo, claro. Luego recojo algunas de mis prendas y demás objetos necesarios en una pequeña maleta.
A pesar de que el billete de tren que me han enviado es desde Boston a Fairydale, primero me desviaré para ir al orfanato de Worcester y poder hablar con las monjas. Si me confirman que la información de las cartas es cierta, ahí sí que iré directamente a Fairydale desde Boston. Puede que el viaje se me haga más largo, pero más vale prevenir que curar. No sería el primer timo con una herencia que aparece en los periódicos y, aunque dudo mucho que los estafadores fueran a darme mil dólares sin más, la cruda realidad es que soy una mujer soltera sin familia inmediata, así que represento un blanco ideal para sus tretas.
—Eres muy valiente —me comenta Allison mientras me observa doblar la ropa para hacer la maleta—. Y astuta por haber caído en comprobarlo todo con las monjas antes. Yo me habría lanzado de cabeza a la oportunidad de sacar dinero extra sin pensarme nada más —añade con sinceridad.
—Es que es mucho dinero —comento, con la idea de que el contenido del testamento debe de ser mucho más de lo que ya me han dado—, pero eso no es lo que me preocupa. Estoy bien tal como estoy. —Me encojo de hombros—. Me gusta el trabajo y no tengo ningún gasto personal que exija una cantidad de dinero así.
—Quizá eso es porque es lo que has conocido toda la vida —señala—. Piensa en todo lo que podrías comprarte: vestidos, bolsos…, ¡zapatos! —exclama soñando despierta—. O piensa en los viajes que podrías hacer. ¿No me dijiste que querías ir a ver Europa algún día?
Asiento.
Me muero por ir a Inglaterra desde que leí Jane Eyre por primera vez. Solo que también he sido consciente de que es un sueño de opio.
Soy profesora. Y, aunque el sueldo anual no está mal, no me alcanza para un viaje al otro lado del charco.
—Pues a lo mejor puedes ir si te dan mucho dinero —dice con una risita—. Podrías ir a Londres, a ver todos esos palacios elegantes. A enamorarte de un británico —añade, guiñándome un ojo.
Me ruborizo y aparto la mirada al notar que me pongo roja de pies a cabeza.
Allison tiene un novio al que va a ver los fines de semana. A sus cerca de treinta años, trabaja en el banco de Boston y todo apunta a que alcanzará el éxito. Ya llevan un tiempo hablando de matrimonio y mi amiga está convencida de que se lo va a proponer dentro de poco.
A través de ella, no obstante, he podido descubrir lo que significa estar enamorada y mantener una relación. Y, a pesar de mis protestas de vez en cuando, hasta me ha compartido detalles de su vida íntima.
A mis oídos de virgen, todo sonaba de lo más escandaloso, aunque tampoco podía evitar notar el atractivo que tenía el encontrar a esa persona con la que compartir todo lo que eres.
Me conformo con la vida que tengo, pero también debo admitir que siempre he soñado con encontrar a mi príncipe azul. Quizá a un encantador señor Rochester o a un taciturno Heathcliff. A pesar de todo ello, nunca he hecho el esfuerzo de conocer a nadie.
He acudido a algún que otro evento social y unos pocos caballeros apuestos hasta me han pedido salir; y cada vez, por una razón que desconozco, los he rechazado.
Y aquí estoy, a mis veinticuatro años, sin haber tenido ni una sola cita.
Si me dieran dinero, ¿de verdad cambiaría mi vida de forma tan drástica?
¿Por fin tendría el coraje necesario para salir al mundo y cumplir con todo lo que he soñado? Lo dudo mucho.
Aun así, al menos tendría la opción.
—Puede ser —murmuro—. El dinero puede comprar muchas cosas.
La pregunta lógica queda sin pronunciar. ¿De verdad puede comprar la felicidad?
Sé que ella me respondería que sí sin pensárselo y, visto de forma objetiva, yo debería estar de acuerdo. Solo que hay algo que me perturba, la misma inquietud que siempre me hace pensar que hay algo más. Una libertad sin parangón que no tiene nada que ver con lo material, quizá ni siquiera con lo corporal.
En algún lugar del mundo hay una felicidad que me llama, una entidad inefable que me habla al alma, en vez de a la mente. Quizá no sé lo que es ahora mismo, pero algo dentro de mí me dice que lo sabré. Cuando esté lista, lo sabré.
—Espero que no te olvides de mí si te vuelves millonaria de la noche a la mañana —bromea, y yo niego con la cabeza entretenida.
—Su familia vive en una ciudad llamada Fairydale. No sé si eso suena a destino popular para millonarios —respondo, doblando un par de camisas limpias.
Por un capricho del momento, habíamos desplegado un mapa para intentar encontrar el lugar. Se trata de una ciudad histórica del noreste de Massachusetts, a más o menos una hora del este de Ipswich, aunque no logramos encontrar mucha información.
—Además, voy a tener que dividirme el dinero con sus otros hijos, que seguro que se merecen más parte que yo porque son legítimos y…
—Para el carro. —Se pone de pie de pronto, pero se sienta al sufrir la embestida del mareo.
Hago el ademán de acercarme a ella y alza una mano para detenerme.
—¿Por qué te mereces menos que ellos? Yo diría que es todo lo contrario, que debería darte más a ti porque nunca ha estado contigo. Al menos sus otros hijos pudieron pasar un tiempo con él. ¿A ti qué te ha dado?
Hago una mueca.
Si bien lo que dice tiene su lógica, noto cierta incomodidad cada vez que pienso en el dinero, como si no fuera para mí, me lo den o no. Es la misma incomodidad que me atosiga cuando me acuerdo de los mil dólares que dejé en el fondo de la maleta.
—¿Crees que me odiarán? —pregunto en un susurro.
Porque ¿cómo no me van a odiar? Soy fruto de una aventura extramatrimonial y voy a su casa para quedarme con su dinero. Por mucho que el señor Vaughan me hubiera asegurado que la familia sabe de mi existencia y quieren conocerme, sigo un tanto reticente.
—Quién sabe. —Allison se encoge de hombros—. Puede que sí, puede que no. Para eso vas, ¿no? Para averiguarlo.
Suelto una risita nerviosa; a veces su sinceridad duele. Ya me estoy arriesgando muchísimo al ir a un lugar desconocido, no quiero acabar siendo la persona más odiada del pueblo también.
—Ya está. —Respiro hondo tras cerrar la maleta.
A pesar de que no tengo muchas pertenencias, quiero causarles buena impresión cuando los vea por primera vez. Es por eso que me llevaré las prendas de mejor calidad que tengo: un par de camisas y pantalones, una falda, dos vestidos, un camisón para dormir y ropa interior.
Al día siguiente, desayuno con Allison antes de salir para la estación de tren.
—Ten cuidado. Y llámame si puedes —dice, envolviéndome en un cálido abrazo.
—Pues claro que sí. ¿A quién más se lo voy a contar? —Sonrío y le dejo un beso en la mejilla.
—Buen viaje, Darcy. Sé que encontrarás lo que estás buscando.
Me despido con la mano y subo al tren. El trayecto hasta Worcester es de cerca de dos horas y ya he llamado a las monjas para hacerles saber que estoy de camino. Me han prometido que estarán esperándome en la estación.
Y sí: en cuanto bajo del tren, allí las veo, tan alegres y preciosas como siempre.
—Darcy de mi corazón —exclama sor Anne dándome un gran abrazo—. No me imaginaba que fuéramos a verte tan pronto.
—Muchas gracias por esperarme.
—No las des. Con lo poco que nos vemos ahora, ¿cómo no íbamos a venir a buscar a nuestra chica favorita? —dice sor Mary.
Les dedico una sonrisa llena de cariño y nos ponemos a charlar en lo que nos dirigimos a la calle principal para buscar un taxi, uno que insisto en pagar yo. Las noto un poco incómodas al principio, pero no tardamos en interactuar como siempre y me hablan de los recién llegados, además de que aprovecharon unas donaciones para construir otra ala en el dormitorio. Me ofrecen mostrarme la zona en cuanto lleguemos al orfanato.
Unas pocas horas después nos encerramos en su despacho para mantener la conversación seria que les había pedido. Y, conforme tomamos asiento en torno a su pequeña mesa, reconozco la preocupación que les ha estado marcando el rostro. Toda esta cháchara no ha sido nada más que una forma de marear la perdiz.
—Sabemos por qué has venido —dice sor Anne sin mayor preámbulo.
Abro mucho los ojos y paso la mirada de una a otra.
Con los labios tensos y la expresión seria, parecen sentirse más culpables que nunca.
—¿Cómo…? —empiezo en voz baja.
Sor Mary se pone de pie, se acerca a uno de los armaritos y saca una caja de un compartimento escondido.
Me la trae, la abre y me presenta lo que contiene.
Me quedo de piedra al ver una réplica exacta del broche de cisne que recibí de parte del señor Vaughan.
Sin embargo, por encima de todo eso, noto que me quedo helada al ver que todo empieza a encajar. Esta joya era la confirmación que me hacía falta.
—Sabíais quién era mi padre —susurro, alzando la vista despacio.
Sor Mary se tensa aún más, pero acaba asintiendo casi sin mover la cabeza.
—Tu madre sabía que le quedaba poco en este mundo cuando nos pidió que cuidáramos de ti —explica, ocupando de nuevo su silla frente a mí—. Estaba enferma, no tenía dinero y no sabía qué más hacer. Lo único que le quedaba era ese broche; es la pareja de otro idéntico, según supe más adelante. En aquel entonces no nos habló mucho de tu padre, ni siquiera mencionó que podría ser opción para tu custodia, así que optamos por no fisgonear.
—Nos pidió que, cuando falleciera, vendiéramos el broche y usáramos ese dinero para darte cobijo y una buena educación —continúa sor Anne—. Como sabía que iba a valer mucho, fui a que lo tasara un profesional y, mientras esperábamos a que nos respondiera, nos llegó un mensaje anónimo que preguntaba de dónde lo habíamos sacado. Intercambiamos varias cartas hasta que un abogado, el señor Vaughan, se pasó por aquí para verlo en persona. Fue entonces que nos mostró la pareja del broche y nos contó que estaban hechos a encargo, que la única persona que podía haber tenido el segundo era tu madre. Cuando le contamos lo de Lizette y le hablamos de tu existencia, se sorprendió mucho.
—Por lo que fuimos entendiendo, tu madre dejó a tu padre cuando estaba embarazada y él no logró encontrarla —añade sor Mary.
Me quedo quieta para digerir la información. ¿Mi madre huyó de mi padre?
Guardo vagos recuerdos en los que ella me recordaba que mi padre era mala persona, solo que nunca me llegó a decir por qué y yo no quise indagar más. Al notar lo incómoda que la ponía el tema, pasé a hacer como si no tuviera padre. Además, tampoco quería tenerlo.
¿Sería porque ella no había estado enterada de que estaba casado? Quizá lo supo después de que consumaran su aventura. Tiene su lógica que lo tache de mala persona por faltar a sus votos matrimoniales y engañarla a ella también.
En cuanto emprendo ese derrotero mental, la tranquilidad cae sobre mí.
Puede que no conserve muchos recuerdos de mi madre, pero sí sé que era una buena mujer que hizo todo lo posible por criarme a pesar de las circunstancias en las que había terminado. Sin estar casada, al borde de la pobreza, se las había arreglado para colmarme de amor y brindarme un entorno seguro en el que criarme. Me alegro de que sea muy posible que no participara en una aventura extramatrimonial a sabiendas, o al menos que no supiera que lo era.
—Eso no explica por qué no vino a buscarme —digo despacio en un intento por permanecer racional, por mucho que las emociones amenacen con sobrepasarme. Decir que estos últimos días han sido un torbellino de emociones sería quedarse corta.
Las hermanas comparten una mirada cómplice antes de que sor Anne me conteste.
—Estaba casado y tenía familia; creyó que ibas a estar mejor con nosotras —explica, aunque no le veo la lógica.
¿Quién estaría mejor viviendo en un orfanato que con una familia? A pesar de la buena suerte que tuve de encontrar a las dos monjas, sé que mi caso no es lo más común. La mayoría de los orfanatos son lugares en los que el amor y la calidez brillan por su ausencia, donde no existe ninguna sensación familiar.
—Sí que prometió que no te faltaría nada e hizo varios donativos al orfanato, además de pagos continuos para cubrir tus necesidades y formarte.
Sor Mary me confirma lo que ya sospechaba: que no me he ganado nada.
—¿Todo fue cosa suya? —pregunto en un hilo de voz.
Asienten.
—Quería que tuvieras lo mejor, aunque no pudiera estar presente en tu vida. —Me dedica una sonrisa triste—. Y albergaba la esperanza de poder conocerte en algún momento cuando fueras mayor.
—Pues ya no —interpongo, y no veo que les cambie la expresión.
Porque ya lo saben.
—Nos llegó una carta de su abogado en la que nos contaba que había fallecido y que te había incluido a ti en su testamento. Como el señor Vaughan se imaginaba que iba a sorprenderte la noticia, te mandó el broche como prueba.
Asiento despacio.
Todo parece encajar bien…, demasiado bien. Y, aunque no encuentro ningún fallo en la narrativa, al menos en primera instancia, hay ciertos temas que me parecen demasiada coincidencia.
Las monjas me criaron para que fuera juiciosa, para que siempre me lo cuestionara todo. A pesar de ello, ahora son ellas las que me miran a los ojos y esperan que me lo crea sin mayor problema.
Si mi padre tenía la esperanza de conocerme cuando fuera adulta, ¿por qué no se puso en contacto conmigo cuando cumplí los dieciocho? O después de que llegara a mi puesto de profesora, por ejemplo. Tuvo muchos momentos en los que podría haber hablado conmigo, tantos como años he tenido yo como adulta.
Por el motivo que sea, la explicación no me termina de convencer.
Al ver que las dudas amenazan con asfixiarme, intento entrar en razón.
Estoy hablando con mis mentoras, con quienes han hecho de madre conmigo. No puedo dudar de ellas; si me dicen que todo ocurrió así, es que es verdad.
—Debes ir, querida Darcy. —Sor Mary me da las manos—. Siento muchísimo que hayas tenido que enterarte de todo así, que no vayas a poder conocer a tu padre. Pero al menos podrás conocer al resto de tu familia, ¿verdad? —añade en un tono más esperanzado.
—¿Vosotras lo conocisteis?
—No —suspira—. Al señor Vaughan sí, y con tu padre intercambiábamos cartas, pero nunca hablamos en persona.
—Ya veo. —Asiento despacio y me obligo a sonreír—. Si me decís que es lo correcto, iré.
—Qué bien —sueltan las dos monjas a la vez.
—Otra cosa. —Me he acordado de que quería preguntárselo—. ¿Sabéis algo de Fairydale, de donde era él? Está más lejos de lo que he viajado nunca y…
—Es un pueblo sin más, no te preocupes —me corta sor Mary, haciendo un ademán para restarle importancia—. Según sé, es un refugio para ricos que quieren pasar un tiempo lejos de la civilización. Y ya sabes cómo son esas personas: les gusta mucho la privacidad —dice, casi en tono de broma.
—Pues sí —repongo sin ganas.
—Pero si te encuentras con algún problema, ya sabes que nos tienes a una llamada de distancia, querida —añade sor Anne, dedicándole una mirada fulminante a la otra monja.
Me obligo a sonreír y me contengo para no decir que no creo que un pueblo pequeño como ese vaya a tener muchos teléfonos disponibles.
Pasamos lo que queda del día charlando y me ofrecen la posibilidad de pasar la noche allí antes de subirme al primer tren de la mañana.
Parece que sí que acabaré yendo a Fairydale al final.
Y, mientras subo al tren el día siguiente, intento animarme con la aventura que me espera y hago a un lado las dudas.
Allison tenía razón: debo verles el lado positivo a las cosas. Lo más probable es que acabe heredando cierta cantidad de dinero (una bastante considerable, según las monjas) y también podré conocer a mis medio hermanos.
Además, ¿qué podría salir mal en un pueblo cuyo nombre parece haber salido de un cuento de hadas?
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USA Today Bestseller
Now available in Spanish: Gothic historical and paranormal romance meet in this viral sensation about an orphaned English teacher’s journey to a mysterious coastal town to claim her inheritance where she encounters a forbidden love, supernatural intrigue, and ancient evil as she is torn between two enigmatic men—one alive, one from the past—now with a never-before-seen epilogue.
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